Se trataba de un joven, un muchacho no mayor a los 22 años, de piel canela, cuerpo delgado y estilizado y unos ojos café claro, profundos , reflexivos y alegres pero melancólicos y ausentes, se encontraba en uno de los asientos dobles del transporte público y junto a él una hermosa niña, hermosa en verdad, alegre y juguetona, de 5 años aproximadamente y con esos mismos ojos cafés, ella observaba por la ventana y él veía hacia el infinito, “papá, ¿ya mero llegamos?”, el joven volteó y le sonrió, “ya casi”, ella empezó a juguetear, tomó uno de sus broches para el cabello y lo movía por el aire, se había transportado a un mundo imaginario donde únicamente existe la inocencia. La mirada atenta del joven, su papá, vigilaba que no introdujera el objeto a su boca, ella lo hizo y al instante, él se lo retiró, ella le lanzó una sonrisa y élle correspondió, ella empezó a cantar, su papá tomó de una maleta algunos más de esos broches, se colocó uno en la boca y agarró con delicadeza su cabello, largo y suave y la peinó, no salió a la primera, pero a la segunda sí, viajaban solos, ¿dónde se encontraba la madre de aquella criatura?, ¿será que los esperaría esperando en casa?, ¿tendría un trabajo duro con el cual sacaba adelante a su hija?, ¿habría fallecido?, o ¿habría dejado solos y a su suerte a estas dos hermosas personas?, sea como fuere, la imagen de un papá amoroso y una hija hermosa bastaban para darse cuenta que no importaba aquello y que la fuerza de voluntad y el amor pueden hacerlo todo, ya peinada, empezó a jugar con el rostro de su papá, jugaba con sus mejillas, con sus labios, con su nariz y ojos, los apachurraba, los pellizcaba y los tocaba, su papá le sonrió, y cerraba los ojos, al apachurrarle su nariz hizo una mueca, tomó la mano de la niña y le dio un beso, ella lo abrazó por el abdomen, recargó su cabeza sobre el pecho del joven y cerró sus ojos, su papá la abrazó y besó su mejilla, tras unos minutos ella dormía, su papá miraba de nuevo hacia el infinito a través de la ventana, unos minutos después recargó su mejilla en la cabeza de la niña y también se durmió, tenían los mismos ojos y pestañas, la misma forma de nariz y el mismo color del cabello, ella tenía su piel más clara, su papá abrió los ojos y con una delicadeza suprema retiró un mechón de cabello del oído de su hija y le susurró algo al oído, ella despertó, adormilada le sonrió a su papá, él la abrazó y le sonrió, tomó la maleta y la colocó en uno de sus hombros, se puso de pie, su altura llegaba casi al techo del vehículo, tomó a su hija quien caminó a su lado, tocó el timbre y bajaron, él bajó primero y una vez abajo con uno de sus fuertes brazos tomó a la niña y la cargó, y así caminando a través de la acera se perdieron en la ciudad, con un fuerte abrazo y una gran sonrisa en sus rostros.
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