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Pie Jesu


Dentro de la Iglesia todo permanecía en silencio, las veladoras eran lo único que iluminaba el lugar, la hora del cierre de puertas ya había pasado y sólo había una persona que aún rezaba en la sacristía, el andrajoso rogaba el perdón de Dios, en silencio y de rodillas cada noche, él sabía, él conocía y él callaba.

Amanecía y todos estaban emocionados, se celebraría la misa de Pentecostés y el acontecimiento ameritaba toda pompa, las monjas habían preparado sus mejores rompopes, los padres se ataviaron con sus mejores sotanas, la misa daba inicio y la oficiaría el Padre Lorenz, con sus casi sesenta años, su mirada de pequeños ojos y cabello entrecano era símbolo de la bondad, la conexión sagrada con Dios y la voz del Espíritu Santo salía desde su propia voz.

El Padre Lorenz se consideraba a si mismo un hombre de arraigada fe, seminarista había destacado y en el sacerdocio se desempeñaba impecablemente, recibía confesiones, perdonaba pecados y unía en sagrado matrimonio a felices y jóvenes parejas emocionadas.

Vivía de forma modesta, del mismo modo en que había vivido el señor Jesucristo, sus pertenencias se limitaban a una hermosa biblia forrada en cuero y un rosario, y como a cualquier presbítero tenía una pequeña alcoba con una camita y una mesita con una vela para esas noches de lectura bíblica, el rosario con cuentas de negra madera acompañaba siempre a las sagradas escrituras y una imagen del Señor Jesucristo pendía de un hilo en la pared.

Un fiel sirviente del Señor no necesitaba más, era así como la vida del Padre Lorenz transcurría, alzaba el cáliz ante las personas quienes hincadas recibían al Altísimo y su presencia, era el momento cumbre, ingirió el fuerte vino y la suave oblea, pronto la gente hizo fila para recibir también el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Al coro lo conformaba un grupo de pequeños niños e imberbes jóvenes, los mayores eran apenas hombres a quienes sus no se habían engrosado y para el Padre Lorenz escucharlos era como escuchar a Dios mismo, aquellos prometedores niños, que con suerte alguno formaría parte de la diócesis, entonaban Aves Marías, Alabanzas y Aleluyas con voces angelicales.

Pero el Padre Lorenz tenía predilección por el soprano principal, un pequeño joven justo en el paso previo para dejar de ser un niño y que había sido abandonado por una pérfida madre y olvidado por un condenado padre, vivía en el orfanato del pueblo y junto con varios niños de ahí, todos cantores descubrimientos del Padre Lorenz, le era permitido asistir a cantar a los oficios importantes y a ayudar en lo que los Padres y las Monjas necesitaran; “es una infamia”, pensaba el Padre Lorenz, pues ¿qué persona tan llena de pecado sería capaz de abandonar a esa noble y hermosa criatura del Señor?, con aquellos sus ojos miel, su piel blanca como la leche enrojecida por tantas horas de juego alegre bajo el sol, sus labios rosas desde donde emanaban las notas musicales más puras, más hermosas, más divinas.

El Padre Lorenz sabía que debía guiarlo por el sendero del bien, era su responsabilidad que el niño formara parte de la diócesis y naciera en él la vocación religiosa, Dios lo había elegido, porque Dios pone las pruebas mas difíciles a los mas puros.

El niño cantaba con una hermosa voz que cautivaba a todos, a veces solía hacer llorar a algunos en los Requiems, sus cantos favoritos. Ese día, como siempre, todos lo miraban, sus rosadas mejillas se movían a medida que el canto transcurría, en su atuendo pulcrísimo de monaguillo y su rubio cabello peinado con ahínco hacia atrás y aunque la fila de la Comulga había acabado todos deseaban que siguiera el canto, hasta las señoras chismosas de enfrente, los robustos señores, los juguetones niños, todos admiraban al pequeño cantor, el Padre Lorenz sonrió de felicidad y cuando el niño hubo acabado de cantar, le ofreció una amplia sonrisa que le fue devuelta sutilmente con la más pura de las inocencias.

Al acabar la última de las misas del día el niño seguía ahí, las monjitas inteligentemente sólo lo habían puesto a cantar al inicio y al final del día, “esa voz hay que cuidarla y preservarla”, pensaban mientras le daban un té de hierbabuena, durante el día iba y venía cargando los cirios, esparciendo flores, encendiendo el incienso. La noche había caído y las puertas estaban cerradas ya, pero en los patios interiores seguía el movimiento, Padres y monjas comían y celebraban alegremente y cuando el tiempo llegó el Padre Lorenz decidió irse a su habitación, ya no estaba en edad de fiestas.

“Que descanse Padre”, “¡Que Dios lo bendiga!”, eran las expresiones de todos cuando lo vieron partir, fuera de aquel ruido el Padre vio al pequeño cantor, jugando con la fuente sacando agua de ella.

-Me parece que los rosales ya tienen suficiente agua Johann- la voz profunda del Padre Lorenz hizo eco
-¡Oh! Disculpe Padre Lorenz- el pequeño sintiéndose regañado se puso muy derecho y muy serio ante el respetable Padre
-No te preocupes pequeño Johann, hoy como siempre estuviste perfecto en tu canto- el niño sonrió como agradecimiento- pero bueno es tiempo de ir a dormir ¿no crees?
-Si Padre Lorenz, pero la Madre Dominika dijo que ella me llevaría del regreso al orfanato y sigue allá en la fiesta.
-¡Oh que mal! Un niño como tú no puede desvelarse, imagino que estás cansado por este día tan agitado
-Pues sí tengo sueño Padre- se talló un ojo mientras contestaba
-En ese caso acompáñame, pequeño, te llevaré a donde puedas dormir un rato, pero con una condición
-¡Gracias Padre Lorenz! ¿Cuál condición?
-Que cantes solo para mí
-Si Padre Lorenz si usted quiere

Caminaron juntos hacia los dormitorios, el eco de sus pasos resonaba por los muros y los arcos de piedra, solo las velas de los pequeños faroles iluminaban los pasillos, el Padre Lorenz llevaba del hombro al niño, en un momento sacó un grupo de pesadas llaves atadas a su cinturón y abrió su pequeña habitación entrando solamente él.

-Espera un poco Johann- dijo mientras rápidamente cerraba la puerta, se arrodilló ante el Crucifijo de la pared, tomó su Rosario y rezó con los ojos bien cerrados, agarraba rápido cada cuenta y su susurro era apenas audible, con la cara gacha tomó el Crucifijo y lo guardó en su ropero entre las sotanas, Cristo no lo vería.

Abrió de nuevo su puerta y el niño se encontraba viendo hacia una de las ventanas del pasillo, no se había quitado su atuendo de coro, blanco, puro, largo y con una cruz dorada en el cuello, parecía un pequeño santo.

-Pasa Johann, he preparado tu sitio para dormir

El niño entró a la pequeña habitación, lentamente el Padre Lorenz cerró la puerta y besó la llave en cuanto hubo asegurado la cerradura, susurraba con los ojos fuertemente cerrados, luego, se dio la vuelta.

El niño se había sentado en la cama y hojeaba la biblia suavemente, sonrió al Padre.

-Canta para mí Johann, por favor, me harías muy feliz.

-¿Qué desea que le cante Padre?

-Lo que tú quieras

El niño se puso de pie, aclaró un poco su garganta y cantó, lento, hermoso, sólo para el Padre. La melodía el padre la conocía muy bien, era el Pie Jesu, del Requiem de Webber. Estaba convencido, tenía que ser la voluntad de Dios.

Con sigilo el Padre se sentó a su lado y en un sutil movimiento sentó al niño en su pierna, “canta, no dejes de hacerlo”, el niño siguió y el Padre lo veía, era hermoso e inocente y la senda de Dios exigía mayor pureza, era él el elegido de Dios para llevar a cuestas la noble labor del Padre Lorenz con un gran futuro dentro de la Iglesia.

Tomó al joven de una mejilla y lo recargó a su pecho, una de sus manos acariciaba su pierna, lentamente subió el atuendo del niño hasta la cintura, el canto se desentonaba ligeramente a cada movimiento del padre, el Padre le besó la mejilla, le rodeó el cuerpo con sus manos y en otro movimiento delicado le fue despojando de su blanco atuendo botón a botón, lentamente rozándole el cuerpo. El niño lo vio con cierta extrañeza pero la confianza hacia el Padre Lorenz y su propia inocencia fueron lo único que sus ojos emanó.

-No se puede dormir con ropa Johann- el niño sonrió tímidamente.

Con cuidado el padre descalzó al niño y lo sentó nuevamente en sus piernas y tras quitarle su negro pantalón halló una pequeña y vieja trusa. Le besó el cuello y las mejillas, el niño no parecía molestarse por aquello, sabía que el Padre era bueno, era un hombre noble por que no le haría ningún daño, el Padre Lorenz tomó valor y mientras acariciaba una de las desnudas piernas del niño y de pronto, le besó los labios rojos, el Padre Lorenz de pronto recordó alguna de las parejas que había casado, los tantos besos que había visto y propiciado se sintió feliz, sabía que esas parejas estaban consagradas ante Dios para vivir juntos hasta la muerte, sin embargo, un amargo pensamiento recorrió su mente, él no tenía ese derecho, una esposa le era prohibida pues era el sacrificio que debía hacerse para ser un hombre de Dios, pese a ello era buen cristiano, sabía amar al prójimo, era querido por todos y se sentía un buen  y humilde servidor del Señor. Ahora debía dar de su amor a aquel muchacho que tanto lo necesitaba, el pequeño Johann, de tan desdichada vida ahora sería amado. El pequeño joven involuntariamente había reaccionado ante las caricias.

-El pecado yace entre nuestras piernas Johann, no debemos permitir que el Demonio se apodere de nuestro cuerpo, tenemos que expulsarlo de nosotros y estoy viendo en este momento en ti ese pecado pero juntos venceremos al malo para que no vayas al Infierno.
-¡Padre! ¡No quiero ir al Infierno...!
-¡No temas Johann! Vamos a expulsar al pecado y vamos a acercarnos a Dios.

El Padre metió su mano por detrás de su ropa interior y le despojó de ella, con delicadeza máxima le tomó y le beso, el amor era la solución, sólo el amor puro expulsaría aquel demonio pecaminoso de la lujuria y del cuerpo del joven Johann, con suavidad pero con firmeza le agarró del cuello, y con su otra mano le expulsaba al Demonio al joven y éste se retorcía.

-¡Canta Johann! El Demonio le teme a tu divino canto- Johann agitadamente cantaba, su piel se había puesto roja, movía los dedos de sus pies y sus manos apretaban el cuerpo del Padre Lorenz hasta que tras una pausa forzada, un fuerte suspiro y un grito ahogado apretó con mayor fuerza al Padre Lorenz, él en ese momento lo supo, el Demonio había sido expulsado y el cuerpo del inocente joven pasó lentamente de la rigidez a la languidez, sus ojos permanecían cerrados, el Padre Lorenz lentamente lo colocó en la pequeña camita.
-¡Padre! El Demonio se fue, lo puedo sentir, me siento cerca de Dios.
-¡Así es Johann! La dicha del Señor es misericordiosa, el Demonio ya no está en ti pero debemos asegurarnos que no vuelva
-¿Puede volver Padre?- Johann se había asustado de nuevo
-Puede, Johann, por eso debemos hacer una cosa mas, solo así aseguramos que el Malvado no toque tu cuerpo y te haga parte del pecado- el Padre Lorenz abría los botones de su sotana sin quitársela del cuerpo
-¿Qué hay que hacer Padre?
-Ven hijo mío…- el Padre Lorenz le abrazó y lentamente lo colocó boca abajo en la pequeña cama, la luz de la vela iluminaba difusamente su cuerpo joven que poco a poco se estaba convirtiendo en hombre, un suspiro surgió de lo más profundo del cuerpo del Padre Lorenz acompañado de una sutil lágrima que escurría por una de sus mejillas ante la magnificencia y la benevolencia de Dios al permitirle salvar a tan hermoso ser.

En los pasillos no había ruido, crepitaban las llamas de los farolitos y el viento acariciaba las hojas de los árboles, nubes de lluvia nocturna se movían rápidamente por el cielo, sólo estaba la estatua de la Virgen María callada e inerte, con ojos amorosos y manos juntas, manos y ojos tan frías como la roca misma de la que estaba hecha, era un hecho que la presencia de Dios no estaba con ella, de pronto la calma se rompió, un grito fuerte se escuchó entre los pilares, los arcos, los pasillos, el alarido doloroso se prolongó un rato, se le oyó claro al principio y ahogado después, se repetía cada cierto tiempo como si fuera el ritmo del tañer de la campana de la misa de mediodía. Los únicos testigos eran las aves adormiladas en sus nidos de las copas de los árboles y las palomas en los alfeizares de los rosetones, otro fuerte alarido se escuchó, esta vez el doble profundo y de pronto el silencio absoluto, había finalizado el sagrado exorcismo, un alma pura había sido salvada y para el Padre Lorenz, ésta yacía un poco mas cerca del seno de Dios.

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