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La Cena



La cena era exquisita, el sonido de la porcelana tintineante y de las sutiles conversaciones se convertía en un rumor apenas perceptible, el etéreo ambiente cálido y los breves y continuos sorbos del cabernet me hacían perder la compostura, le veía su rostro con curiosas pecas, ojos profundos y delicados rizos que caían sobre su rostro, un traje negro, una camisa y un gran reloj en la muñeca, el cuerpo se me había encendido, era apenas el plato fuerte y mi cuerpo vibraba, el vino se agotaba, las gotas condensadas resbalaban de la fría botella y mis manos acariciaban el mantel como acariciando su espalda. Quizás nos iríamos en su automóvil y conversaríamos nimiedades de camino a casa y tal vez ahí lo despojaría de toda prenda y lo haría mío como nunca antes de nadie, quizás lo haría crecer hasta convertirlo en hombre, el gran amante que yacía oculto tras toda esa compostura y anticuado refinamiento. Yo lo dominaría pero él llevaría el ritmo del deseo, ambos piel con piel, el cabello descompuesto y el sabor salado de su sudor, la lengua convertida en filosa caricia húmeda que recorrería cada rincón de mi cuerpo con suavidad de flor y haciendo centellear luces frente a mí con gran emoción, arquearía mi espalda y clavaría mis dedos en su espalda suave hasta dejarla roja, tomaría sus rizos entre mis manos y haría de mi pecho su cálido hogar y cuando el momento llegase, cerraría los ojos, me recostaría mordiéndome los labios, jalaría la sábana hacia mí sin control y soltaría el sonido del placer desencadenado partiendo lejos de este mundo, al final su cuerpo yacería sobre mí agotado, dormido y extasiado. 

Con el café terminaba la cena, mi tobillo delicadamente se deslizó por su pantorrilla y él, sobresaltado, me sonrió. 

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