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El Superhéroe

La lluvia fría de la noche empapaba los restos de los antiguos edificios alguna vez esplendorosos, de la ciudad, ahora tan maltrechos por el abandono y la podredumbre, el agua se filtraba a todos los rincones y llenaba de moho cualquier estructura. En las calles los automóviles volcados e incendiados daban cuenta de las batallas persistentes, no había nadie que caminara por las aceras y solamente el fuego en los viejos barriles de lámina daba cuenta de la existencia de gente en los bajo puentes, las verdaderas dueñas del lugar eran las ratas y las cucarachas que deambulaban de un lado a otro siempre en busca del alimento abundante, el festín se había prolongado desde hacía ocho años y todo había sucumbido ante la tragedia. 

El hedor amargo de la muerte, del excremento, de la sangre y de la orina cubría cada resquicio emanando la fetidez especialmente insoportable en las destapadas alcantarillas de las calles y los antiguos parques. 

En el sector norte de la ciudad, la crisis había acabado con casi toda la población, los invasores del lado sur habían entrado a los edificios y arrojado desde las altas ventanas y los techos a todo hombre, mujer y niño sin ninguna razón, al inicio de lo que se llamaría "La Gran Catástrofe", muchos fueron asesinados con armas de fuego y poco a poco al agotarse las balas se optó por el uso de los cuchillos, navajas, machetes, mazos y rudimentarias armas para llevar a cabo matanzas interminables. 

Grupos de jóvenes salían por las noches sigilosos como gatos adentrándose al sector contrario, tomando desprevenido a  quien llegasen a encontrar para asesinarlo antes de que siquiera pudiera gritar, bastaba un corte en el cuello en el punto preciso para que la sangre se lo impidiese y a punta de golpes contundentes y machetazos muriera solo para posteriormente descuartizarles y arrojar los miembros hacia la frontera entre los sectores, una gran pila de cuerpos putrefactos yacía justo en la que fuera la Avenida 1. Vallas de púas, barricadas metálicas y automóviles deshechos separaban el norte del sur, las cuadrillas eran como chacales cazadores tan hábiles en matar que disfrutaban el calor de la sangre manando del moribundo y ansiaban ver la expresión de horror de los ojos desorbitados antes del golpe final. 

Era un juego simple y macabro, ante la mayor exhibición de crueldad se despertaba nueva ira en cada sector y cada día la masacre era más infame. 

Las calles del sector sur habían padecido aún más el asedio del norte gracias a las máquinas del parque industrial, usadas por ellos no solo para demoler edificios completos con refugiados, subversivos y desahuciados en su interior, sino para con ellas también aplastarlos bajo las ruedas en un crujir de huesos rotos, sangre desparramada y gritos desesperados. La calamidad era mayor ahí y se extendía hasta el área del antiguo Gran Suburbio era ahora convertido en refugio de los desamparados, amurallados varias calles cerradas y callejones, tenían cierta ventaja pero era solo una falsa esperanza, ahí yacían los moribundos y los sobrevivientes sitiados como prisioneros, indefensos ante los ataques y aislados del resto del sector sur desde que los del norte habían tomado los alrededores. Cualquiera que se acercase a las orillas del sitio en un intento de escapar era masacrado y desmembrado y su cuerpo exhibido al centro del Parque Sur a la vista de todos desde los edificios más altos. 

Los que ahí se encontraban en su mayoría deambulaban enloquecidos, hablando con la nada y arrastrándose por el asfalto famélicos, no había energía para la riña, ni había moral, los individuos habían perdido ya todo rastro de humanidad y vagaban desnudos o con ropas manchadas en su propia suciedad, cadáveres se encontraban en cualquier banqueta y gemidos lastimeros se escuchaban a cualquier instante. Los más valientes defendían lo que podían y se ocultaban entre las sombras. 

El hombre que ahora caminaba por el callejón oscuro cercano a la frontera, se tambaleaba de pared en pared como si estuviera borracho, en realidad daba tumbos porque su mente estaba ausente, ésta se hallaba en esa escena al inicio de todo en la que un grupo de subversivos habían aprehendido a una pequeña niña asustada y la habían violado entre todos para después matarla al filo de sus navajas no sin antes haberla torturado cortando cada tendón de sus pequeñas piernas y brazos, murió con lentitud y horror para ser posteriormente desmembrada y en un ritual grotesco y macabro. Y él no había estado ahí.

La culpa lo torturaba, era más fuerte que cualquier dolor que pudiera tener su cuerpo, él, quien fuera el superhéroe enmascarado e idolatrado de la ciudad ahora caía de rodillas ante la basura y la pestilencia, lloraba amargamente por aquella niña y por la impotencia de no salvarla, aún recordaba su rostro de horror cuando la encontró e inclusive podía sentir su mirada desesperada pero ya vacía desde el suelo donde fue arrojada hacía donde él se hallaba, entre las sombras del techo de un edificio cercano. Era imposible que lo viera realmente, pero su mirada la encontraba ahora tan profunda, tan clara, que aparecía en todos lados, en cualquier ventana, en cualquier charco, en cualquier lugar oscuro, los ojos de aquella pequeña niña en su último aliento de agonía, le acompañaban siempre. 

Que lejos habían quedado los tiempos de los trajes ajustados, de las muchas mujeres, del acohol y el tabaco de la alta sociedad y de los chicos malos tras las rejas, los tiempos del orgullo de salvar a una ciudad del peligro constante, la corrupción y la injusticia, De eso no quedaba nada siendo ahora era un ser atormentado, "La Gran Catástrofe" lo había acabado a él y junto con toda su esperanza. 

Aquella noche hubo una copiosa lluvia, un lamento rompió el susurro del agua sobre los objetos, el grito lastimero se repetía con gran dolor, “¡ES MI CULPA!, ¡ES MI CULPA!, ¡ES MI CULPA!,”, el hombre que veía el rostro de la niña en todos lados, no quiso ver más, “¡ES MI CULPA!”, gritaba acompañado de un quejido de dolor inmenso, y en un arranque psicótico se sacó los ojos con el filo de un vidrio lleno de lodo, el humor vítreo resbala sangrantes por su rostro desquiciado, lo gritos de dolor se extendieron por los callejones y las ratas se sintieron atraídas por el olor y el calor de esa sangre especial, aún sin vista la imagen de aquella niña seguía apareciendo en la oscuridad vacía, corrió a ciegas hasta caer de bruces tropezando y sin dejar de gritar un solo instante: “¡ES MI CULPA!, ¡ES MI CULPA!, ¡ES MI CULPA!” la sangre manaba de sus cuencas en abundancia, pero el sufrimiento era aún mayor en su interior, la fuerza que lo mantenía vivo había desaparecido y lo supo, al poder sacarse los ojos seguro también podría perforar la yugular, rápidamente lo hizo, el vidrio tan frágil penetró su piel tan fácilmente, una piel que en otras épocas había resistido balas y cuchillos, perforada, sangraba ahora profusamente, no tardó mucho cuando de pronto sintió el frío de la muerte, tosía ahogándose convirtiendo poco a poco sus gritos en un susurro hasta que en un tosido murió al fin, murió en medio de la calle y otros desahuciados lo vieron morir sin que a nadie le importara y sin que nadie lo voltease siquiera a ver. Ahí yacía el gran superhéroe, la última esperanza, moría así, el salvador.

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