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Gigante Roja


En lo que alguna vez fuera la ribera de un caudaloso río que otrora rebosaba en vida, no quedaba nada, con el pasar del tiempo ha quedado inhóspita, vacía y muerta... una muerte natural que el abrasador calor de la mañana propagaba en toda su extensión, en todo rincón y en cada oquedad de donde se mirase, al pasar de las horas se hace notoria la muerte cada vez más, no había más aves, ni insectos, ni plantas, se había extinguido ya desde hace bastante tiempo, cualquier vestigio del sonido del mar al chocar con las rocas, la espuma suave y el rumor del viento húmedo sobre las cosas, nada de eso existía más. 

No se escucha ya el canto de las cigarras en la noche, el croar de las ranas en las selvas frondosas, no se escucha  ya el bullicio rumoroso de las ciudades, no se escucha más nada, la catástrofe es silenciosa como lo fue el origen en el principio de los tiempos, todo acaba del mismo modo en que comienza y como casual circunstancia, la muerte es roja, todo se tiñe del color de la sangre, en cualquier instante y a donde se mire todo es de ese color que se presenta en una tonalidad variante dependiendo si se mira una roca, un hueso, una ruina, un fósil... ¿qué podía existir ahora? Quizás con algo de suerte, alguna bacteria anaerobia, algún vestigio condenado de la vida aferrado ciegamente a simplemente seguir existiendo, una vida tan frágil y tan sola. 

Cuando alguien medía el tiempo diría que es el medio día, pero en este sitio el tiempo no pasa más, solo existe el abrasador calor que aumente y disminuye, sutilmente, e indistinto al día y la noche, un calor destructivo, que evapora todo, que seca cualquier humedad, funde cualquier célula, cualquier pozo, cualquier materia orgánica. En el final de los tiempos no queda nada que recuerde la existencia de un pequeño mundo, habitado por innumerables formas de vida, de todo ello no queda nada más, tan sólo están las distantes radiaciones electromagnéticas que los antiguos emitieran desesperadamente, en ellas existía el recuerdo, desde el principio y hasta el último llamado de auxilio como emitido como un faro en el infinito, que se extingue del mismo modo que una vela que se apaga al acabarse la cera, en un susurro de último aliento y esas señales ahora corridas al rojo, siempre al rojo, se han alejado por tantos y tantos años desde el insignificante punto aquel del espacio, tanto tiempo ha pasado ya y aún así, nadie en esta soledad espacial se enterará de ello, nadie lo sabrá, nadie notará que una pequeña estrella amarilla moría, moría creciendo, moría matando, moría acompañada, moría sola, moría roja...

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