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El Despertar


Esa mañana cuando desperté, parecía un día como cualquier otro, no me tomé la libertad de notar lo que hacía, simplemente mi despertador sonaba y lo apagué, tallándome los ojos y quitándome las cobijas de encima, me puse mis lentes que paradójicamente no mejoraron mi visión, sino al contrario, así que los dejé en su sitio y fui a sacar la ropa de mi closet, todo parecía indicar que sería otro día completamente gris en mi vida.

 Al sacar la ropa que monótonamente había arreglado desde la noche anterior noté un aroma diferente, sin darle importancia me dirigí al cuarto de baño, me duché rápidamente, a oscuras y con el agua apenas tibia, seguía tan dormido como en el primer momento en que abrí los ojos, sin mucho ánimo me sequé y me vestí, aplasté mi cabello como de costumbre, no reparé en verme en el espejo roto del baño, indudablemente aquel reflejo indicaría que mi aspecto no podría mejorarse ni siquiera con el peinado más elaborado.

En el desayuno solo hubo el insípido y monótono sabor del licuado de avena que mi madre solía preparar todos los días antes de que me fuera a la escuela. Su actitud fue la habitual, me despedí y tomé mi rumbo cotidiano con el cepillo de dientes en la boca y caminando por la calle, en el camino a la escuela era una costumbre que en las cercanías, algún compañero gañán me molestase en el trayecto o decidiera intempestivamente arrojarme a cualquier arbusto que por ahí se encontrase, sin embargo, esa mañana noté que todo parecía diferente, nadie pasó a empujarme o darme un manotazo en la nuca, mientras caminaba ya por los pasillos del instituto, noté algunas miradas de reojo, no podía sentirme mas extraño. 

Entrando al salón de clases, habitualmente gris, la extrañeza continuó  "¡Hola!" escuché que alguien gritó en mi dirección, alcé la vista e incluso voltee hacia atrás pensando que buscaba a otra persona, era hacia mí y era sumamente extraño, aquel que me gritaba era nada menos que el muchacho insidioso que solía acosarme en el camino.

"Eh... hola..." atiné en contestar dubitativo y a la defensiva como esperando que me hiciera alguna mala pasada, momento que nunca llegó. Su sonrisa de oreja a oreja me hizo levantar una ceja, me dirigí a tomar asiento en mi lugar habitual frente al escritorio del profesor pero ahí se encontraba otro grupito de gente, con fastidio opté por sentarme al lado del gañán sonriente con el cual no crucé más palabra.
 Poco a poco empezaron a llegar mas estudiantes.
"¡Hola buen día....! por segunda vez alguien me había saludado, voltee y vi al grupito de chicas guapas, una de ellas con otra sonrisa de oreja a oreja movía su mano alegremente. Volví a alzar la ceja y voltee a otro lado. Sentía las miradas en la nuca, ante la incomodidad saqué algún libro de mi mochila y me dispuse a leer, unos segundos después me sentía sumamente observado así que lo cerré y me puse de pie, me dirigí rápidamente hacia la puerta y justo en el momento en que estaba por cruzarla un sujeto de lentes, despeinado, desaliñado, y con cara de amargura chocó conmigo, al verlo el terror se apoderó de mí, solté un grito, tropecé y caí de nalgas hacia atrás, ¡SE TRATABA DE MÍ!, era como verse en un espejo de carne y hueso.
El que parecía ser yo se alarmó al verme caer y trató de ayudarme pero el shock y el miedo me provocaron el rechazarlo soltando manotazos.
Pronto un grupo ya se había puesto a nuestro alrededor y alguien más me había tomado de las axilas para levantarme del suelo, estaba aterrorizado, el muchacho que solía molestarme era quien me había levantado, agarró al sujeto con mi aspecto por el cuello de la camisa y lo arrojó con brusquedad hacia el interior del salón donde resbaló y cayó haciendo bastante ruido, con dificultad se levantó y se fue a sentar al que hubiera sido mi sitio hace unos minutos.
"¿Estás bien?" me dijo el gañán de nuevo con su sonrisa de oreja a oreja.
"No..." grité al tiempo que empujé a todos los que estaban a mi alrededor, corrí hacia el baño respirando agitadamente, al llegar ahí me eché agua en la cara, no podía haber visto a alguien que fuera igual que yo, eso era imposible. Asustado, observé mis manos y noté que eran diferentes, suaves, de un tono de piel más claro, alcé la vista y vi al espejo, el reflejo era de un muchacho aterrorizado de unos grandes ojos verdes con pestañas largas y unas cejas arqueadas naturalmente delineadas junto con un aplastado cabello color castaño claro y un marcado almohadazo, lo reconocí de inmediato, esos labios rojos increíblemente hermosos, el rostro perfectamente perfilado y simétrico, como tallado a mano, se trataba del rostro del muchacho guapo del salón, aquel muchacho por el que todos moríamos y al que todos deseábamos aunque fuera solo para hablarle y conocerle. ¿Pero cómo sucedió aquello? Tocaba mi nuevo rostro con cierta desconfianza, el tacto era sumamente suave, me asomé al espejo de al lado para corroborar la visión, sin duda, era él. Empecé a tocar mis labios con un dedo, pasé mis manos por el pecho ejercitado y en mis brazos ligeramente marcados, alcé mi playera y vi mi abdomen delgado y con una sutil forma de V, a la que le pasé los dedos sintiendo cosquillas, me toqué unas redondas y fuertes nalgas acompañadas de unas piernas fuertes y duras eran propias del capitán del equipo de fútbol e incluso me asomé dentro de mi pantalón. ¡Por Dios! ¿Era mío todo eso...?

Alguien entró al baño azotando la puerta, sacándome abruptamente de mi estupor, me alzó la mano como queriendo saludarme pero lo ignoré pasando a su lado, rápidamente me dirigí hacia el salón de clases, para mi suerte aún no había llegado el profesor, sin apenas dudarlo me acerqué al lugar que sería el mío y en él se encontraba el muchacho de mi original aspecto, me puse a su lado y le sonreí, alzó la vista con extrañeza "Tú eres yo..." le dije emocionado, su alzamiento de ceja y su rostro asombrado me fueron sumamente familiares. Casi instintivamente me agaché y lo jalé para ponerlo de pie, así, lo abracé fuertemente apenas dejándolo respirar mientras soltaba un ligero gemido "¿Qué estás haciendo...?"  alcanzó a decir con voz apachurrada. "Por favor perdóname..." le dije al oído mientras pegaba mi rostro a su oreja, le di un sutil beso tras ella y pronto sentí que también me abrazaba, sin darme cuenta, lágrimas de auténtica emoción corrían por mis mejillas y nada me importó volver a sentir las miradas asombradas y un silencio aparentemente incómodo a nuestro alrededor, de hecho tampoco me importó sentir que sus brazos estaban quizás más abajo de lo que debía ser considerado adecuado en un abrazo normal. 

Sutilmente me separé de él y lo vi aún con sus cejas levantadas. 
Sonriéndole de oreja a oreja le dije "No sabes lo que nos espera. Tú y yo nos vamos a llevar a toda madre..."

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